El sol y la lluvia, las nubes y el viento, son testigos de tu paso a paso por los caminos de la vida. “Caminos”, sí, no “camino”: puedes escoger seguir adelante o retroceder; puedes (¡has de!) escoger constantemente ante bifurcaciones que te vas encontrando, que marcarán la diferencia entre hacer o no hacer algo… A veces no hay nadie. Otras, la gente está por delante o por detrás de ti. Es posible que haya gente a tu lado o contigo (que no es lo mismo). Sin embargo, siempre caminas con tu mochila a cuestas. Pero… ¿qué llevas dentro?En un bolsillo lateral llevas la herencia genética, que predispone pero no determina. En otro bolsillo llevas la educación, bien lleno por familiares, amig@s, la formación académica reglada que has recibido y las horas y horas de aprendizaje autodidacta, más o menos productivo. En el bolsillo de las vivencias hay buenas y malas y, si te fijas, igual encuentras un agujerito, pues parece que no están todas… Eso sí, el bolsillo central, lo encontrarás sin duda lleno de los problemas. Sin embargo… fíjate bien: ¿seguro que son todos tuyos?

¡Claro que no!

Como decíamos, has coincidido con mucha gente en el trayecto, toda ella cargando su mochila. Y no lo has podido evitar: has visto pasar esas cara de sufrimiento por el peso de su carga… ¡y tú eres fuerte! ¿Acaso no te lo dicen siempre? ¿Cómo podrías no ayudar? Así que propones a esta gente hacerte cargo, cargar con sus problemas. Ni que sea un ratito. Total: ¿puede haber algo más satisfactorio que aligerar a alguien? ¿Ver su alivio? ¿Participar en… no, digo más: causar su alivio?

El problema es que, al ir más ligera, esta persona tal vez se pierda en el horizonte. ¿Y si abandona el tramo que compartís? ¿Y si desaparece? ¿Y si resulta que te has cargado con sus problemas… pero también con los de más personas (y no ahora: siempre)?

Pues pasa que un día, dices basta. El cansancio yo no solamente es evidente, para ti y para los demás, sino que es insoportable. No puedes más. Así que, por decisión u obligación, has de parar.

Y te paras.

Miras a tu alrededor y te fijas en un árbol. Más aún: en la sombra que ofrece. Hay otros. No es ni el primero ni él último con el que te has cruzado, pero ahí está.

Te acercas.

Estás a gusto y dejas la mochila en el suelo…

Y respiras.

Miras el paisaje.

Te fijas en el sendero: ¡la gente sigue transitándolo! Algunas caras conocidas, muchas que no lo son… Pero todo el mundo sigue, a lo suyo, a su ritmo. No se ha acabado el mundo, ni el tuyo ni el suyo. El reloj de cada una de esas personas sigue moviéndose.

El tuyo también, claro.

Toca ponerse de nuevo en marcha. Es más: te sientes con más energía. “Decidido: ¡vamos allá!”. Te animas. Y coges tu mochila de nuevo. “¡Uff! ¡Cuánto pesa!“. Ahora lo notas. “¿Qué llevo, aquí dentro?”, te preguntas. Así que, como estás tranquilamente ahí, decides abrirla.

“¡Uff! ¿Y esto? ¿y esto otro?”.

Ostras, ¡no recordaba esto, qué bueno!”.

“¡Ostras! Eso es demasiado viejo y ya huele…”

Haces selección, escoges: lo que es tuyo, lo dejas en un rincón para reubicarlo; lo que no es tuyo… ¡fuera!

“¡Ahora sí!”

Todo listo: te cargas la mochila de nuevo a la espalda (“¡qué cómoda! ¡qué diferencia, quién diría que es la misma!”) y remprendes la marcha, vuelves a caminar, adelante, con decisión. El árbol, no obstante, se queda atrás. Sabes que siempre podrás volver. O no. Sabes que hay más. Pero lo importante es que continuas a tu ritmo y mejor que antes de la parada. ¡Y el mérito es tuyo! ¿Qué ha hecho el árbol, sino proyectar una sombra? Tú has hecho uso de ella/ello. Tú lo has hecho todo.

Así es como me gusta pensar que se actúa desde la Psicología: ofreciendo un espacio a todas aquellas personas que, el día que sintieron que no podían más, empezaron a poderlo todo.

 

¡Buen camino!

¿Te ayudamos?

Artículo de Guillermo Parra, tú psicólogo ;)