A menudo se dice que «las relaciones son como las plantas«. ¿Lo habías oído? Así, se entiende y se nos dice que para verlas crecer fuertes y sanas, debemos dedicarles nuestra atención, ofrecerles nuestra dedicación: regarlas, cuidarlas… ¡y es cierto! Sin embargo en este bonito símil se obvia un pequeño detalle, esencial para el mejor crecimiento: ¡podarlas!

«Pero… ¿podar las relaciones significa cortarlas totalmente, arrancarlas de raíz?», puedes preguntarte. La respuesta es NO… ¡a no ser que lo necesites! Generalmente, la idea es redireccionar su crecimiento hacia un nuevo sentido, más adecuado y más positivo; conducir el ramaje de la relación hacia dónde tú quieras, no hacia dónde se dirigía por defecto, es decir, por costumbre o por inercia.

La idea es, en definitiva, hacer una revisión de las personas que forman parte de tu entorno directo y no tan directo (aquellas personas que te afectan o inciden en tu vida de alguna manera) y proponer(te) reducir tu vulnerabilidad emocional y el estrés de aquellas relaciones en las que:

  • No hay equilibrio consensuado entre las demandas externas (qué te piden) y tus prioridades (qué quieres);
  • No hay equilibrio entre deberes y deseos, es decir:
    • No se valora tu opinión;
    • No puedes pedir a alguien que haga algo por ti;
    • No dices «no» a peticiones no deseadas;
  • No te generan una sensación de competencia (saberte capaz de hacer las cosas, superar adversidades, etc.) o respeto personal (poder defender tus derechos, expresando tus creencias y opiniones y haciendo lo que consideres moralmente correcto).

Encontrarás, cuando te propongas hacerlo, dificultades: preocupación sobre las consecuencias del cambio de relación/situación; creer que eres o no capaz; pensamientos que te impedirán hacer o decir lo que desees; reacciones emocionales (tristeza, ira, frustración, etc); indecisión a la hora de cambiar algo tan rutinario como una relación de años (¡quién sabe si de toda una vida!); un entorno demasiado rígido o poco abiertos a los cambios… O, directamente, la falta de habilidad para ello, ¡dado que igual no lo habías hecho nunca!

Sí, es duro. Doloroso. Pero permítete estar mal…… ¡y permítete estar bien!

«Mirar por mí… ¿Suena un poco egoísta, ¿no?», podrías pensar. Pues bien: mirar por tu bienestar es, de hecho, la mejor manera de poder atender a las relaciones que realmente lo merecen: estando bien tú, lo estará tu entorno directo, aquel que te importa y a quien importan. No permitas que los problemas de otros se conviertan en los tuyos sin ningún filtro: ayuda a l@s demás e implícate en sus preocupaciones en la medida que consideres, pero sin dejar que los carguen sobre ti ni cargártelos tú (con o sin su permiso). Si no estás bien, ¿podrás hacer que las personas queridas lo estén? ¡Arregla ese jardín maravilloso de tu persona y verás qué a gusto se pasean por él a quién invites a ello!

Sonríe y saca la tijera.

¿Te ayudamos? ;)

Artículo de Guillermo Parra, tu psicólogo :)