No sabes cómo. Quizá lo veías venir. Quizá has llegado ahí poco a poco, a tu ritmo, mientras ibas tirando, haciendo tu vida. Quizá ha sido porque has tropezado con algo que no esperabas a tu dulce camino. Quizá te han empujado. Quizá es por todo lo mencionado o para nada de lo anterior. El caso es que ya estás: estás en el pozo.
Soledad, desamparo, inutilidad, culpa, dolor (de la caída al no tener cómo curar las heridas producidas o las que ya tenías antes de caer)… El físico se atrofia, se anquilosa; dejas de moverte: porque no puedes, por el cansancio, porque te encuentras sin ganas, porque te notes a una velocidad diferente a la habitual, porque te falta energía y no comes ni duermes como acostumbrabas…

El tiempo pasa diferente. ¿Cuánto tiempo hace, que estás ahí? Poco a poco, te acostumbras. Sobrevives. La oscuridad se vuelve “lo normal”: no te hace falta más luz para ver; puedes ir tirando con los recursos que tienes al alcance.
Un día, espontáneamente o porque percibes las voces de aquellas personas que aprecias y que te aprecian llamándote desde arriba, levantas la cabeza y miras hacia la luz.
“¡Argh! ¡Quema! ¡Deslumbra! ¡Qué daño!”
Bajas la vista, miras al pozo, al fondo, donde estás. ¡Qué alivio! “Así está mejor”, piensas: la vista se acomoda, vuelves a la calma, a tu habitat, a tu rutina. Desde arriba, te llaman: “¡sube!”; “¡te echamos de menos!”. Algunos, viendo que no lo haces, incluso se dirigen hacia ti. Bajan a verte. Quieren ayudarte a subir.
Pero no quieres ser una carga, ¿verdad? (“tendrán mejores cosas a hacer”) No los quieres arrastrar (“¿y si se rompe la cuerda?”).
Rehúsas. Te alejas.
Al final, sólo te ven si miran al pozo (cuando los dejas, está claro, puesto que no siempre te apetece). Además, cuando te ven, la conversación se centra y focaliza, una y otra vez, en lo mismo: “Pozo, pozo, pozo”.
Un día, escuchas los primeros reproches: “¡no pones de tu parte!”; algunos, intenta hacerte ver la situación desde su opinión, te dan motivos (“¿no ves que todos te queremos?”). Pero no te convencen de nada, te hacen sentir peor: ¿cómo podrías sentirte, no estando justificada tu situación? ¿Si no lo entienden? ¿Si no te entienden?
Finalmente, muchos de los pocos habituales dejan de venir a verte.
No quieres vivir lo que vives… pero cada milímetro de tu cuerpo desea vivir, no sobrevivir. ¿Quién puede negarte soñar, sino tú? Y miras arriba (no de golpe, ¡que quema!) porque añoras la vida fuera del pozo. Pero “¡qué lejos queda la salida!”; “¡cuán abajo he caído!”; “¡qué alta es y cómo resbala la pared!”.

 

Y, un día, decides salir. Un día, te das cuenta de que cuanto más abajo bajo estés, más fortaleza te demostrarás tener un cuando hayas salido; que cuando peor has estado, más capaz te has demostrado ser. Un día, comprenderás que tenías todo el derecho a caer, así como la posibilidad de superar la situación; igualmente, entenderás que no se trata de vivir como vivías, sino de vivir como querrías vivir, con la experiencia vivida como la argamasa necesaria para añadirla a tu aprendizaje previo y desarrollarte y crecer como persona.
¿Hoy es ese día?
¿Te ayudamos?