Te metes en la cama y, poco  a poco,  empiezas a ser consciente del propio cuerpo. ¿Lo notas? Fíjate en la sensación de hundirte (más o menos) en el colchón; pon atención al tacto de la almohada bajo tu cabeza (¿es dura? ¿es blanda?); capta la sensación en la piel de las partes desnudas, como pasa del frío inicial bajo las mantas al calor progresivamente… Respiras. Te sientes bien. No te va a requerir ningún esfuerzo, pero te estás preparando: ¡estás a punto de iniciar el paso de la vigilia al sueño!

De lo que no eres consciente es que, gradualmente, te va disminuyendo la frecuencia cardíaca, la presión arterial, el metabolismo, el flujo sanguíneo al cerebro y la temperatura del cuerpo, así como el tono muscular. Paralelamente, te aumenta el sistema inmunitario y la hormona del crecimiento y se reducen las hormonas asociadas al estrés.

En una siguiente etapa, se incrementan el metabolismo y la temperatura del cerebro y pierdes totalmente el tono y la fuerza muscular: estás soñando.

¿Sabías que todos los mamíferos duermen? ¿Y que, a los seres humanos, el dormir nos ocupa una tercera parte de nuestra vida? Será por algo… ¡Veámoslo!

Dormir, ya sea sueño nocturno o siesta diurna, no sólo favorece la capacidad de curación del cuerpo y ayuda al crecimiento, sino que también incide positivamente en la consolidación del aprendizaje y la memoria y ayuda al organismo a reponerse del desgaste del día.

Desgraciadamente, un estado de estrés o un exceso de alerta emocional puede perjudicar la calidad del sueño y provocar insomnio. La restricción crónica del sueño (pongamos dormir regularmente menos de 5 horas diarias) contribuye a la obesidad, debido a que produce una alteración en las hormonas que regulan el hambre: por un lado, inhibe la sensación de saciedad (al diminuir la leptina, que inhibe la ingesta) y, por otro lado, estimula la sensación de hambre (al aumentar las grelinas). De igual modo, la privación parcial del sueño, común en cuidadores de gente mayor o enfermos, madres y padres con bebés, etc. provocan un descenso del ánimo que puede desembocar en una depresión. Además, se reduce la capacidad de atención, por lo que el procesamiento cognitivo se ve afectado (dificultades para concentrarse, olvidos…). Cabe destacar, de igual modo, que la mayoría de las alteraciones psicopatológicas se acompañan de trastornos del sueño.

Pero… ¿Cuánto de dormir para no sufrir las consecuencias negativas y disfrutar de las positivas?“, puedes preguntarte. La respuesta es sencilla: la cantidad que necesites, que te permita sentirte bien a lo largo del dia y rendir adecuadamente. Un adulto no ha de dormir necesariamente 8 horas (si bien es la media recomendada) para disfrutar de un sueño de buena calidad: hay quién duerme más de 10 horas y hay quien duerme 6, siempre en función del ánimo, el estrés, ciertas enfermedades orgánicas, la adecuación del entorno (¿obras a primera hora del día? ¿vecinos fiesteros?)…

¿Y tú? ¿Cómo duermes?

¿Te ayudamos?

Artículo de Guillermo Parra, tu psicólogo :)